El error de creer en las novelas / películas románticas

Siempre que se habla de “Romanticismo” se hace con una connotación de ilusión, de bonito, de detallismo, de perfección, de sentimentalismo; pero recuerdo en 8º de EGB cuando nos llegó la época de estudiar tal movimiento literario y por el contrario sólo se hablaba de muerte y de desdichas. Sí, había amor, pero generalmente los sentimientos que se relataban eran atormentados como Espronceda o Bécquer. Y luego en la carrera, al estudiar más a fondo el Romanticismo Alemán, que es el que desencadenó todo el movimiento en Europa, seguimos con más de lo mismo: vaya desgracias narraba Goethe. Aún recuerdo su Werther… la alegría de la huerta, vaya. O si no Büchner y Woyzeck o mi querido E.T.A. Hoffmann con esos relatos para no dormir, qué angustia, por favor.

En fin, que si nos ponemos puristas, el romanticismo de ahora no tiene nada que ver con el movimiento literario, musical y cultural de finales del siglo XVIII. Hoy en día tenemos las librerías llenas de literatura romántica y los cines de comedias románticas que se parecen bien poco a las obras de los ilustres alemanes que comenzaron el movimiento. Pero, lo peor, desde mi punto de vista, es que no reflejan una realidad y sin embargo, parece ser que crean expectativas en la sociedad. Sobre todo en las mujeres.

Me explico: en estas obras románticas (para así englobar cine y literatura) tenemos a la damisela en cuestión que vive amargada porque no tiene marido. Sí, no hablamos de no tener pareja, no, hablamos del final feliz, con marido, 1,2 hijos, el perro, la valla blanca, el monovolumen, las jornadas en la peluquería y las sesiones de entrenador personal… vaya, el pack completo.

Y yo me pregunto cómo puede ser que nos queramos identificar con ese personaje. Para empezar es un ideal de la representación de la vida de las mujeres estadounidenses (a lo Mujeres Desesperadas) de clase media – alta. Porque ojo, hablamos de mujeres que llevan manolos y visten de diseñador.  Pero es que no hemos evolucionado nada. Porque la protagonista de Disney que nos vendían en los cuentos (esas Blancanieves o Bellas Durmientes, que no son lo que contaban los Grimm), esa que tiene que ser despertada por el apuesto príncipe azul para ser feliz, y comer perdiz, se ha transformado en una mujer en su treintena, independiente, con su trabajo, sus amigas, sus fiestas, su tiempo de ocio, sus problemas del día a día, pero que aún así, a pesar de su independencia económica y social o de su trabajo de éxito, no está completa. Nos siguen vendiendo el arcaico estereotipo de que nos falta el marido.

Así que tenemos a la protagonista que podría ser feliz con su vida, pero no, necesita a ese macho alfa que la haga sentir segura, que le abra los ojos y le haga descubrirse como una mujer válida, fuerte y, por supuesto, atractiva. Ay, esos héroes románticos, esos caballeros andantes… Hombres fuertes, que rebosan confianza por los cuatro costados… Unos arrogantes, vaya. Pero aún así, las damiselas se sienten atraída por ellos. Por muy bordes o arrogantes que ellos sean, por muy despectivamente que las miren rebajándolas a la altura del betún, ellas no puede parar de suspirar por ellos. Y es que si el protagonista tiene un comportamiento de tirano, se ve como algo propio de la testosterona, es que ellos son así, qué le vamos a hacer. Miedo me dan muchas de estas conductas agresivas, celosas, acaparadoras y controladoras que se nos venden hoy en día camufladas de romanticismo. ¿En serio? ¿Es romántico que tu pareja controle qué te pones, con quién vas o qué información guardas en tu teléfono móvil?

Y decía que la mujer protagonista se supone que ha evolucionado siendo independiente y trabajando, ¿cómo han cambiado esos príncipes azules? Pues ahora tenemos al hombre de negocios asquerosamente rico, guapo, alto, fornido, arrogante (¿lo he dicho ya?), pero que a medida que avanza la historia sorprendentemente tendrá un lado sensible, tierno, entenderá a la heroína y la llevará hacia la luz. Esto que os contaba de que ella se sentiría valorada, la más fuerte y bella del lugar. Y por supuesto, una vez que ella ya se sabe valiosa, se casa con su apuesto caballero, deja su trabajo de éxito para dedicarse a darle una prole de criaturas que serán a imagen y semejanza del padre y tendrán las bondades de la dulce madre que hará pasteles con el delantal al más estilo breevandekampismo. Por supuesto, el protagonista masculino se convierte en un devoto padre aunque antes de conocer a su amada los niños le provocaran urticaria.

En fin, ¿os suena a algo que hayáis leído/visto recientemente? Seguro que sí. ¿Y a la vida real? Seguro que no. Vamos, por lo menos en mi entorno, no me encuentro yo con mujeres que tengan su independencia económica, su trabajo, su casa (alquiler o compra), pero vayan amargadas por las esquinas porque les falta un marido que les recuerde a diario lo buenas, bellas y valientes que son.

Dejo ya de lado el hecho de que son estereotipos de parejas heterosexuales o esos argumentos en los que hay un sorpresivo embarazo y oh, dios no permita que un hijo mío crezca sin mi apellido y la protagonista se vea obligada a casarse. ¿En serio esto sigue pasando en el silo XXI?

En fin, no entiendo este “movimiento” romántico. Llamadme rancia, si queréis. No-lo-entiendo. Hay quien defiende que este tipo de literatura triunfa porque en el fondo seguimos en la caverna y a las mujeres nuestro inconsciente nos hace buscar a un compañero poderoso, porque eso demuestra que será fuerte, nos protegerá de las inclemencias, el frío, nos traerá alimentos, cuidará de nuestra prole. Y por supuesto, nos dará buena genética para dicha descendencia. ¿Que cómo te va a afectar eso a ti si no quieres tener hijos y además te vales por ti misma? Da igual, va intrínseco en tu ADN. O eso dicen… A mí todo esto me parece una forma de crear expectativas no reales (esas mujeres esperando que sus parejas sean tiernos, cariñosos y parlanchines hablándoles de sus sentimientos), creando estereotipos, perpetuando un modelo machista y patriarcal en el que la mujer queda en un segundo plano. Como siempre.

Qué a gusto me he quedado, oye.

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